25 marzo , 2026

“Paciencia para quién: el discurso oficial que ignora el deterioro social”

MIÉRCOLES 25 DE MARZO 2026.- Las recientes declaraciones de la senadora Belén Monte de Oca, en las que pidió “paciencia” frente al rumbo económico del gobierno de Javier Milei, no solo reabrieron el debate sobre la estrategia económica oficial, sino que también dejaron en evidencia una creciente desconexión entre el discurso político y la realidad cotidiana de la población.

Desde el oficialismo se insiste en que no hay “recetas mágicas” y que el ordenamiento macroeconómico requiere tiempo. Sin embargo, ese argumento empieza a perder fuerza cuando se lo contrasta con el día a día de millones de argentinos que enfrentan una caída sostenida del poder adquisitivo, dificultades para pagar servicios básicos y un endeudamiento creciente para cubrir gastos esenciales.

A más de dos años del inicio de la actual gestión, el llamado a la paciencia parece funcionar más como un recurso discursivo que como una respuesta concreta a la crisis social. En los hogares, la lógica económica ya no gira en torno al ahorro o la inversión, sino a la supervivencia: sostener el alquiler, evitar el corte de luz o simplemente garantizar la comida diaria.

La propia Monte de Oca admitió que el contexto es “álgido” y que los resultados no llegan con la velocidad esperada. Aun así, defendió el rumbo y destacó mejoras en indicadores macroeconómicos. Pero ahí radica uno de los principales cuestionamientos: la distancia entre esos números y la experiencia real de la ciudadanía.

Mientras las variables técnicas pueden mostrar cierta estabilización, la economía concreta —la del comercio, el trabajo informal, las familias endeudadas— sigue en tensión. En ese escenario, pedir paciencia sin ofrecer señales claras de alivio inmediato corre el riesgo de convertirse en una forma de desatender la urgencia social.

El problema de fondo no es solo económico, sino político. Cuando el discurso oficial minimiza o posterga las dificultades actuales en nombre de un futuro prometido, se erosiona la confianza pública. Y en contextos de crisis, esa confianza es tan crucial como cualquier indicador financiero.

La pregunta que subyace, entonces, es inevitable: ¿cuánta paciencia puede sostener una sociedad que ya está operando al límite?

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